Cuentos

El ángel, el dragón y la salamandra

Érase una vez una torre infinita en la que vivía un dragón.

Muchos príncipes -encantadores, azules, maravillosos, valientes- se habían aventurado en las inmediaciones con el objetivo de rescatar a la cautiva de la leyenda y cumplir los clichés de cada uno de los cuentos de hadas. Ya sabéis: príncipe libera a princesa de las cadenas mágicas de un castillo y la encadena en otro diferente mediante un papel y un juramento de amor eterno.

¡Qué aburrimiento!

Cada uno de ellos se sentía especial, como si el color de su estandarte o resplandor de su armadura los diferenciase del resto de príncipes de cuento. Los veía llegar desde mi ventana y, entre suspiros de hastío, le preguntaba a mi acompañante cuántos posibles hombres miserables tendrían el tiempo y los recursos para venir aquí, a los confines del mundo, a molestar a un dragón afable y tranquilo.

Sorprendentemente: demasiados.

No había un límite de pobreza que los detuviera: el príncipe más rico se presentaba en la puerta junto a un campesino triste en busca de la oportunidad de su vida. Tenían en común la creencia de que se les debía pleitesía, de que si demostraban fuerza bruta y valor, estaban legitimados a la obtención de una princesa, como si de un objeto se tratase.

Mi acompañante utilizaba sus órganos como método adivinatorio y sus cadáveres como abono para el huerto. Se quedaba las calaveras y decoraba con ellas los pasillos del lugar.

Yo estaba platónicamente enamorado de mi ángel y sus ocurrencias.

La forma en que bailaba por los pasillos, etérea; la forma en que sus vestidos ondeaban tras ella, energías misteriosas persiguiéndola; su elegancia decadente al llorar poesía a través de inmensas alas de porcelana y cobre; cómo los espíritus se sentaban a su alrededor a escuchar sus historias perdidas; su risa ante la palabra “bruja” salida de labios de un hombre terrenal, seguida de insultos e improperios. ¡Bruja! ¡Ella!

Yo volaba alrededor de nuestro hogar con cada cambio del firmamento.

Al amanecer llenaba mis alas de rocío tras surcar la niebla. El sol de mediodía me calentaba el corazón y me daba el fuego que necesitaba. El atardecer teñía de plata y púrpura cada una de mis escamas. La medianoche revivía mi magia.

Quizá mi ángel y yo no debimos sorprendernos el fatídico día en que llegó una princesa a nuestras puertas.

A diferencia de los hombres brutos e insensibles que forzaban los magnos candados con sus herramientas y hechizos, la princesa tocó nuestra enorme campana y se sentó a esperar. Parecía haber viajado muchísimo y el ángel y yo la observamos durante horas, aguardando algún movimiento o acción adicional. No sucedió nada hasta que, llegado el ocaso, planeé sobre su cabeza, buscando bañarme en el color de la paleta eterna de nuestro cielo.

La princesa gritó entonces en mi dirección:

—¡Poderoso Dragón, sabio e incandescente!

La observé, aposentado sobre la muralla.

—¿Qué busca una joven mortal en mis dominios?

Aclaró su garganta y rebuscó en una bolsa de lona que traía colgada en la espalda. Sacó una hoja de plata y diamantes y la elevó en mi dirección, ofreciéndomela.

—Cuentan las malas lenguas que es este un castillo sin princesa y que no ha habido príncipe alguno capaz de sobrevivir a su poderoso guardián.

De mi garganta surgió una risa divertida, acompañada de humo y ceniza. La princesa tosió, pero se mantuvo firme, elevando un poco más su daga. Parecía triste y cansada y, sin embargo, la decisión chispeaba en su mirada, un fuego casi tan poderoso como el que ardía en mi alma.

—¿Qué me quieres decir con eso, princesa?

—Mi daga ha arrebatado la vida a todos los príncipes que han querido atraparme, pero estoy cansada y no quiero seguir peleando por mi libertad. Busco protección, Dragón Guardián del Oeste, y aceptaré la maldición correspondiente a cambio.

Volví a reír y me permití descender, aterrizando frente a ella, temblando el suelo con mi peso y fuerza. La rodeé con lentitud pero ni siquiera pestañeó, decidida.

—Parece que no tienes miedo, Princesa.

Negó con la cabeza.

—Al menos no a mí, que soy tan sólo un Dragón. Me pregunto cómo reaccionarás al guardián real de la torre.

Un gesto de sorpresa iluminó su cara, confusión en sus labios.

—¿No es vuesa merced el Guardián, su magnificencia?

—Nope.

El gemido de la puerta la hizo girar de golpe, temblando y retrocediendo un par de pasos hasta chocar con mi costado, que bloqueaba su huida. Bajo el arco de la entrada, tras la verja destruida, se erguía el ángel caído, mi Emperatriz Fantasmal. De sus ojos caían dos lágrimas negras secas hace tiempo y llevaba el pelo recogido en un tumulto de trenzas y plumas. Su vestido negro contrastaba con su piel marmórea y la convertía en el ser más etéreo que jamás hubiera caminado por este mundo.

Ella es la Guardiana, Princesa. Yo soy su protegido.

El ángel caminó hacia nosotres, directa y decidida, flotando sobre el pavimento gastado y viejo. Su mano rozó la barbilla de la temblorosa muchacha y su sonrisa sembró el pánico en el alma de la visitante, que se desmayó frente a nuestras atónitas miradas.

—Creo que nos hemos pasado, Gato Negro.

Su risa inundó mi alma de felicidad.

—Es que es ¡tan divertido! ¿Viste su cara, Luz Estelar? ¿La viste?

Negué, casi extasiado por la situación. Hacía demasiado tiempo que no recibíamos a nadie en nuestra morada que no quisiera arrebatarnos una princesa imaginaria o buscase mi cabeza o un ala del ángel como trofeo.

—Llevémosla al patio, Luz Estelar. Creo que sé de quién se trata.

La levanté con cuidado entre mis fauces y nos adentramos en la fortaleza.

La puerta se cerró tras nosotres y el eco resonó por todos y cada uno de los pasillos. Adapté mi forma y la sostuve entre los brazos para caminar cómodamente por las alfombras, entre las columnas, atravesando los arcos y los salones.

La dejé sobre una pila de cojines en el claustro, donde la luna llena iluminaría su figura y le devolvería la magia y los recuerdos perdidos, si Gato Negro estaba en lo cierto.

Nos sentamos a su lado y compartimos una mágica taza de humeante té mientras las horas pasaban y la muchacha se curaba y recomponía.

Abrió los ojos entrado el amanecer, cuando el ángel y yo ya habíamos jugado con las cartas y los espíritus, con el humo del incienso y el efímero fuego de las velas.

—Por favor no me haga nada, Etérea Dama Crepuscular, sólo busco un lugar en el que ser libre de la crueldad de los hombres.

El ángel hizo un gesto para que la joven se incorporara y la envolvió con sus brazos.

—Bienvenida, Salamandra, hacía siglos que te esperábamos.

Y era cierto, pues su piel brillaba, al fin, con el ardor de las brasas apenas desvanecidas.

Asra Chueco, 2019.

(Imagen de portada “Crepúsculo – Joan Brull i Vinyoles”)

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