Autore · Reflexiones personales

Reminiscencia

La depresión me provoca pérdidas de memoria difíciles de superar, pero de vez en cuando obtengo un destello de algo que sucedió o no sucedió. Siendo afantásique (incapaz de proyectar imágenes en mi mente), nunca sé si lo que estoy recordando en forma de sentimientos y conceptos, sucedió de verdad o es sólo un fragmento de lo que yo entendí que sucedía.

En muchas ocasiones el destello es fugaz. Recuerdo la brisa de verano entrando por mi ventana, apenas un retazo de sol cayendo sobre mi cuerpo y la sensación de que todo iba bien. Recuerdo una noche de tormenta en la que me envolví en mantas y me dejé llevar por la sensación de humedad fría que entraba por la ventana que me negué a cerrar. Recuerdo una milésima de segundo de un paseo por el parque, montade en triciclo, con el sol de primavera bañándome.

En otras ocasiones son cosas más complejas, a las que no encuentro sentido porque están, o bien incompletas, o bien plagadas de sucesos y seres extraños y ajenos. Recuerdo que llevaba un vestido verde de raso y recuerdo que con él corrí por todo el pueblo hasta llegar al pavellón de las fiestas. ¿Qué pasó? ¿Vi la película con el resto? Recuerdo la noche, el aullido de los lobos y el miedo de las sombras proyectadas sobre mi figura.

Recuerdo una noche de San Juan, cuando tenía ocho o nueve años, y recuerdo cómo nos reunimos en círculo alrededor de un barreño lleno de pétalos de rosas. «Haremos un hechizo», me dijo mi abuela. «¿Quién quiere contar la primera historia de miedo?» preguntó mi padre. Y nosotros, los seis que éramos reunidos alrededor del barreño, rodeados por velas encendidas, con el sonido lejano de los petardos, sólo pudimos sumergirnos en las palabras que emergían desde los labios desconocidos del averno.

Apenas recuerdo la historia, pero recuerdo su olor a podredumbre, su brillo verdoso casi sobrenatural, el sonido de la viscosidad deslizándose por los troncos del bosque. Recuerdo unos seres fosforescentes, gusanos gigantes, que se arrastraban por aquí y por allá, que llenaban la noche con su presencia. ¿Corríamos? ¿Huíamos? Nos atrapaban y estábamos acabados. Recuerdo mi llanto, recuerdo mi desesperación y la ansiedad que llenó mi cabeza. ¿Qué pasaba después? ¿Dónde acababan los prisioneros de los gusanos? ¿Fue una historia o una reminiscencia de otro tiempo y lugar?

No sé hasta qué punto puedo confiar en los pocos recuerdos de los que dispongo. Siento la traición en el alma. Me prometí que jamás olvidaría de donde vengo, que jamás dejaría de pensar en lo que me trajo hasta el presente, en el dolor y el llanto y el terror que sentí mientras crecía, en el trauma constante, en las heridas que no se ven. Y, sin embargo, aquí me hallo, sin idea ninguna de si los gusanos luminiscentes existieron en algún momento, si amenazaron nuestras vidas, si corrimos por el bosque, desbocados en busca de una solución, una escapatoria. Si es todo producto de algo más grande que yo y, en realidad, acabo de llegar al mundo. Si la brisa de verano fue real. Si yo soy real.

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